Hace unas semanas, recibimos un correo de un lector que nos dejó pensando en el revistazo. ‘Mi familia parece estar bien, pero por dentro estamos rotos’, escribió. Contó que su esposa sufre de ansiedad crónica, su hijo adolescente está cada vez más irritable y él mismo se siente al borde del colapso. ‘No sé cómo ayudarlos sin descuidarme a mí mismo’, confesó. Su historia no es única y nos dispusimos a buscar a la Doctora Marina Hernández para tener más claridad. En México, la salud mental familiar es un tema que parece invisible pero está más presente que nunca.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 32% de los hogares mexicanos reportan problemas emocionales o psicológicos en al menos uno de sus miembros. Sin embargo, solo el 10% busca ayuda profesional. El resto intenta sobrellevarlo en silencio, como si fuera un secreto que debe guardarse bajo llave. Esto no solo afecta a quienes viven con un trastorno, sino también a quienes los rodean, creando un ciclo de estrés y desconexión emocional.
La pandemia agravó esta situación. El confinamiento, la incertidumbre económica y la pérdida de seres queridos dejaron cicatrices profundas en muchas familias. Hoy, mientras el mundo intenta volver a la normalidad, muchas personas descubren que su ‘normalidad’ ya no existe. La salud mental familiar se ha convertido en un tema urgente, pero pocos saben cómo abordarlo.
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Las causas detrás del silencio
¿Por qué es tan difícil hablar de salud mental en la familia? Una de las razones es el estigma cultural. En México, todavía se percibe como un tema tabú, algo que ‘no se debe sacar a la luz’. Muchas familias temen ser juzgadas o etiquetadas si buscan ayuda. Además, está la creencia errónea de que los problemas emocionales son una señal de debilidad. ‘Si eres fuerte, puedes superarlo solo’, es una frase que muchos han escuchado.
Otra causa es la falta de acceso a servicios de salud mental. Aunque existen programas públicos, la demanda supera con creces la oferta. Muchas familias no tienen los recursos para pagar terapia privada, lo que las deja sin opciones viables. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), México tiene solo 2.4 psiquiatras por cada 100,000 habitantes, una cifra muy por debajo de la recomendada.
El impacto de esto es devastador. Las familias que no reciben apoyo adecuado pueden experimentar conflictos frecuentes, aislamiento social e incluso problemas físicos derivados del estrés crónico. Los niños y adolescentes son especialmente vulnerables, ya que su desarrollo emocional depende en gran medida del entorno familiar.
Mitos y realidades que nos dividen
Uno de los mitos más comunes es que ‘la terapia es solo para locos’. Nada más lejos de la realidad. La terapia es una herramienta para entender y manejar emociones, mejorar relaciones y desarrollar habilidades de afrontamiento. No es necesario tener un diagnóstico grave para beneficiarse de ella. Otro mito es que ‘los problemas familiares se resuelven solos’. La verdad es que, sin intervención, los conflictos suelen empeorar con el tiempo.
También está la idea de que ‘los padres deben ser perfectos’. Este pensamiento genera una presión enorme y lleva a muchas personas a ocultar sus luchas internas. La realidad es que todos cometemos errores y enfrentamos desafíos. Lo importante es reconocerlos y buscar ayuda cuando sea necesario.
Finalmente, existe la creencia de que ‘hablar de problemas emocionales solo los hace más grandes’. En realidad, hablar es el primer paso hacia la sanación. Cuando las familias se abren y comparten sus sentimientos, pueden encontrar soluciones juntas y fortalecer sus lazos.
La voz de la experiencia
Psiquiatra Marina Hernández, especialista clínica en salud mental familiar, estamos seguros de que tu experiencia puede iluminar este tema tan complejo. Te invitamos a compartir tus conocimientos y consejos para ayudar a nuestras familias lectoras a encontrar el apoyo que necesitan.

Casos Reales y Perspectiva Única de la Psiquiatra Marina Hernández
Cuando hablamos de salud mental solemos pensar en el individuo. Pensamos en la persona que tiene ansiedad, depresión, dificultades para regular sus emociones o algún otro problema de salud mental. Sin embargo, esta mirada puede quedarse corta porque todos crecimos y venimos de una familia. Las familias funcionan como un sistema y me gusta explicarlo con una imagen muy sencilla: ¿conoces la maquinaria de un reloj tradicional? Esos que tienen manecillas y engranes: cada engrane tiene un movimiento propio, pero todos están conectados. Cuando uno se atora, los demás tienen que modificar su movimiento. Y si el problema permanece, eventualmente todo el mecanismo puede verse afectado. Así funcionan los sistemas familiares: si un engrane se atora, nos atoramos todos y entonces viene una crisis. Esto no significa que una familia sea responsable de la enfermedad mental de uno de sus integrantes. Significa que, cuando una persona sufre, necesitamos el contexto en el que vive, las relaciones que la rodean, las formas de comunicación, los roles que desempeña, las cargas que sostiene y los recursos emocionales que tiene disponibles.
Y aquí hay un punto que considero fundamental: la salud mental de los padres también forma parte de la crianza. Durante generaciones aprendimos que para criar bien a un hijo era suficiente con darle una casa, comida, educación y cubrir sus necesidades básicas. Y, por supuesto, todo eso es indispensable. Pero durante mucho tiempo dejamos en segundo plano otra necesidad fundamental del ser humano: la necesidad de sentirse emocionalmente seguro. Muchos adultos crecieron en familias donde nadie les enseñó a identificar lo que sentían, ponerle nombre a una emoción, tolerar la frustración, pedir ayuda o reparar después de un conflicto. No necesariamente porque sus padres no los quisieran. Muchas veces porque sus propios padres tampoco tuvieron esas herramientas. Así se van transmitiendo formas de relacionarnos que aprendimos sin cuestionarlas. Hasta lo escuchamos en las comidas familiares: «en esta familia no se llora» o «en esta familia no somos cobardes». Y entonces, ¿si yo soy diferente? ¿Dejaría de pertenecer? Cuántas veces no dejamos de lado nuestra identidad solo por pertenecer, sacrificando nuestra esencia.
En muchas familias, hablar de emociones simplemente no forma parte de la vida cotidiana. Las parejas pueden esconder sus conflictos delante de los hijos, pero también pueden esconder sus emociones. Los padres intentan mostrarse fuertes, seguros y, en ocasiones, perfectos… Ah, la perfección, esa que vemos en redes sociales con fotos increíbles: “aquí en Cancún disfrutando con la familia”. Me mostraba una paciente un post diciéndome: “Pero sabes que yo les dije que no me sentía de ánimo porque tenía meses cargando con mi depresión, y entonces me dijeron: ‘¿Cómo no puedes ser feliz en el paraíso? No nos eches a perder las vacaciones con tus cosas’. Y entonces sonreí para la foto cuando por dentro solo quería dejar de existir”. Y así se aprende a esconder las emociones una y otra vez.
El problema es que los hijos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que les decimos. Aprenden cómo se maneja el enojo cuando ven a papá gritar. Aprenden cómo se maneja la tristeza cuando ven que mamá se esconde en el baño a llorar. Aprenden que no pueden pedir ayuda cuando observan que sus padres no pueden con una cosa más y entonces también aprenden a callar. Hay niños y adolescentes que esconden lo que sienten porque perciben que sus padres ya tienen suficiente encima. No quieren convertirse en otro problema. No quieren preocuparlos. No quieren decepcionarlos. Y entonces aparece uno de los mayores riesgos: que una familia interprete el silencio como bienestar.
Los jóvenes no cambian de la noche a la mañana. Cuando un adolescente comienza a aislarse, cambia su comportamiento, pierde interés en actividades que antes disfrutaba, empieza a consumir sustancias, presenta conductas de riesgo o llega a autolesionarse, muchas veces la familia se pregunta: “¿Qué pasó? ¿En qué momento cambió mi hijo?”. Pero la pérdida de la salud mental es como el fenómeno de una bola de nieve. El malestar puede comenzar siendo pequeño, crecer lentamente y permanecer oculto durante mucho tiempo. Para cuando se vuelve evidente, ya puede haber una gran cantidad de sufrimiento acumulado. Por eso, frente a un cambio conductual, necesitamos aprender a preguntarnos qué está comunicando ese comportamiento sin juzgarlo ni etiquetarlo (es decir, “eres un flojo”, “eres agresivo”); es más bien preguntarse: ¿qué me está diciendo tu falta de energía? ¿Qué me quieres decir con esa irritabilidad o intolerancia? No todo comportamiento es una enfermedad. No todo cambio significa un trastorno. Pero el comportamiento sí puede ser una señal de que algo necesita ser observado.
El cerebro también enferma. Así como nadie debería pensar que una persona con diabetes simplemente necesita “echarle ganas” para que su organismo funcione correctamente, tampoco deberíamos interpretar automáticamente el sufrimiento emocional como falta de voluntad, manipulación o mala actitud. Un niño puede estar sufriendo por rechazo de sus compañeros, por dificultades académicas, por sentirse diferente, por no sentirse comprendido o por experimentar una realidad que no sabe cómo expresar. Un adolescente puede estar viviendo un nivel de estrés que los adultos no alcanzan a percibir. Una madre puede sentirse ansiosa y agotada por no dormir por cuidar a su bebé; un padre puede sentir ansiedad al pensar que puede dejar de ser el proveedor de su hogar o enfermar. Y aquí la familia tiene una responsabilidad enorme: convertirse en un lugar donde sea posible hablar de todo esto.
La familia también tiene una historia
Pero para comprender a una familia no basta con mirar lo que está ocurriendo hoy. Cada familia tiene una historia. Y en esa historia muchas veces existen silencios, pérdidas, enfermedades que nunca fueron diagnosticadas, conflictos que jamás se hablaron y secretos que, paradójicamente, todos conocen pero nadie nombra.
Hay familias en las que nunca se habla de un abuso sexual. Familias en las que una infidelidad se convierte en un secreto a voces. Familias en las que un suicidio se oculta o se explica de otra manera. Familias que han vivido durante generaciones con problemas de salud mental que nunca fueron reconocidos porque no existían las herramientas, el acceso o incluso el lenguaje para nombrarlos. Por eso, cuando realizamos una evaluación familiar, es importante conocer también la historia: qué ocurrió con los padres, con los abuelos, qué patrones se han repetido y qué situaciones parecen aparecer una y otra vez en distintas generaciones. Esto no significa asumir que todo lo que ocurre hoy está determinado por el pasado. Significa entender que muchas veces aprendemos formas de relacionarnos sin darnos cuenta. Podemos desarrollar lealtades hacia nuestra familia que, aunque tengan un origen comprensible, pueden terminar siendo dañinas para nosotros. Podemos repetir silencios, sacrificios, formas de amar o maneras de enfrentar el conflicto porque eso fue lo que aprendimos que significaba pertenecer. Por eso, hacer consciente lo inconsciente puede convertirse en una herramienta de transformación. Mirar nuestra historia no significa quedarnos atrapados en ella. A veces nos da vergüenza mirar hacia atrás. A veces preferimos no hacerlo porque duele. Pero aquello que ocurrió forma parte de nuestra historia, no necesariamente de nuestro destino.
Recuerdo particularmente el caso de una paciente que conocí hace algunos años. Era madre de dos hijos pequeños y llegó a consulta profundamente deprimida. Sentía una tristeza intensa, tenía poca energía y había perdido gran parte de la esperanza. Su esposo trabajaba prácticamente todo el tiempo. Ella, por su parte, había concentrado gran parte de su vida en cuidar a sus hijos, cuidar su casa y tratar de ser una buena esposa y una buena madre. En algún momento del camino se había olvidado de algo fundamental: también era una mujer con necesidades, intereses, deseos y una identidad propia. Su vida había quedado reducida prácticamente a un solo rol. Cuando la carga de un sistema familiar cae de manera desproporcionada sobre una sola persona, esa distribución puede terminar afectando a todos. Porque una madre que vive permanentemente cansada, triste, irritable y sin espacios para recuperarse difícilmente puede tener los recursos emocionales que necesita para acompañar a sus hijos y a su pareja. La intervención no consistió únicamente en trabajar con su depresión; también fue necesario mirar el sistema y reestructurarlo, y buscar una red de apoyo que ayudara a esta familia a salir de la crisis dejando de ser un problema individual y buscando una solución colectiva donde todos los elementos que aportaran eran parte de la solución (abuelos, tíos, primos, es decir, familiares que ayudaran a reabastecer a esta familia sin juicio y con una enorme compasión y compromiso). Ella pudo comenzar a comprender que ser madre era solamente uno de sus roles y que ese rol no definía todo su valor como persona; también pudo reconocer que haber renunciado a determinadas partes de su vida —sus intereses, sus estudios, su desarrollo profesional, las cosas que disfrutaba— no necesariamente estaba nutriendo a su familia como había imaginado. En realidad, la estaba llevando hacia un estado de profundo agotamiento. Su pareja, por su parte, pudo comprender que no se trataba únicamente de ser el proveedor económico; también podía participar en disminuir la carga mental y emocional de ella. Podía ser apoyo, relevo y compañero. Podía decirle: “Ahora yo me quedo con nuestros hijos para que tú descanses”. Y poco a poco los engranes comenzaron a reorganizarse. La familia empezó a funcionar de otra manera. Este caso me enseñó, una vez más, que las personas no dejamos de ser quienes somos porque adquirimos nuevos roles. Una persona no deja de ser hija por convertirse en madre. No deja de ser mujer por convertirse en mamá. No deja de ser pareja por convertirse en padre. No deja de tener intereses, necesidades, sueños y límites. Cuando una familia consigue integrar y proteger esas diferentes partes, en lugar de exigir que una sola identidad absorba todas las demás, se vuelve un sistema mucho más nutritivo.
Criar también significa aprender
Para criar desde un punto de vista emocional se necesita mucha humildad. Los padres no tenemos que ser perfectos. De hecho, intentar serlo puede ser una de las mayores trampas de la crianza. Nuestros hijos necesitan saber que podemos equivocarnos, reconocerlo y reparar. Necesitan aprender que una discusión no significa que el amor desapareció. Que pedir perdón no nos hace débiles. Que sentir tristeza no nos hace menos valiosos. Que pedir ayuda no es fracasar. Muchas veces nuestros hijos vienen a enseñarnos precisamente las lecciones que nosotros no aprendimos y eso puede resultar incómodo porque implica dejar de esconder debajo del tapete aquello que hemos arrastrado durante años e implica ser vulnerables. El problema de esconder las cosas debajo del tapete es que, tarde o temprano, algo termina saliendo. Y cuando sale, no siempre lo hace con la persona correcta ni de la manera correcta. Las familias necesitan aprender sobre emociones, pero también sobre hábitos, límites y estructura. Necesitan entender la importancia del sueño, del ejercicio, de una alimentación adecuada, del uso saludable de la tecnología y de tener momentos de convivencia que no estén mediados por una pantalla. Necesitan recuperar algo que parece sencillo, pero que cada vez puede resultar más difícil: tiempo de calidad. Quizás solo estar y acompañar; no siempre necesitamos una solución inmediata, a veces necesitamos aprender a escuchar.
Una familia nutritiva no es una familia perfecta
Una familia emocionalmente saludable no es aquella donde nunca existen conflictos: es aquella donde los conflictos pueden hablarse; no es aquella donde nadie se equivoca: es aquella donde puedo equivocarme haciéndome responsable de reparar; no es aquella donde todos piensan igual: es aquella donde las diferencias pueden existir sin que alguien tenga que dejar de ser quien es para pertenecer. La familia debería ser uno de los primeros lugares donde aprendemos que podemos ser nosotros mismos y seguir siendo queridos, y esto también significa aprender a aceptar la diversidad. Hay jóvenes que descubren una orientación sexual o una identidad que sus familias no aceptan y viven las peores de las humillaciones. Hay personas neurodivergentes cuyas formas de experimentar el mundo pueden ser diferentes a las expectativas de sus padres. Hay niños con necesidades emocionales particulares que requieren que los adultos modifiquen sus propias formas de relacionarse. Cuando la diferencia se convierte en motivo de rechazo, el lugar que debería proporcionar seguridad puede convertirse en una fuente de sufrimiento. Por eso, hablar de salud mental familiar también significa hablar de aceptación, de respeto y de pertenencia.
El propósito de estar en familia
Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es: ¿para qué queremos una familia? Por supuesto, una familia implica responsabilidades, límites, obligaciones y momentos difíciles. Pero también debería existir algo más. Durante más de 15 años cada vez reafirmo más que una familia debería ser un lugar donde podamos nutrirnos mutuamente, un lugar donde podamos llegar después de un día difícil y no tener que fingir que todo está bien, un lugar donde podamos decir “no puedo”, “tengo miedo”, “me equivoqué”, “necesito ayuda” o simplemente “hoy no estoy bien”. El mundo puede ser un lugar exigente. Afuera existen rechazo, presión, competencia, pérdidas, incertidumbre y dificultades que no siempre podemos controlar; de ahí la importancia de contar con un espacio al que regresar para reabastecernos y sentir que estamos seguros y que pertenecemos. La salud mental de una familia no consiste en evitar que sus integrantes sufran: consiste en construir las condiciones para que, cuando el sufrimiento aparezca, nadie tenga que enfrentarlo completamente solo. Porque cuando un engrane se atora, no siempre necesitamos culparlo por haberse detenido: a veces necesitamos detener el reloj, observar cómo está funcionando todo el mecanismo y preguntarnos qué necesita cada una de sus piezas para volver a funcionar. Y quizá ahí comienza una de las formas más profundas de cuidar nuestra salud mental: entender nuestra historia, reconocer nuestras heridas, aprender nuevas herramientas y decidir conscientemente qué queremos transmitir a quienes vienen después de nosotros. No podemos cambiar nuestra historia, pero podemos aprender de ella para tener un presente y construir un futuro donde el cuidado de la salud mental sea la forma más amorosa de cuidarnos a nosotros mismos y a los que amamos.
Perfil Profesional y Contacto
- Especialista: Psiquiatra Marina Hernández
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3 comentarios en “Cuando la salud mental de la familia se resquebraja | Psiquiatra Marina Hernández”
Me llegó muchísimo la metáfora de los engranes del reloj. Muchas veces nos enfocamos únicamente en la persona que tiene el diagnóstico o la crisis, sin dar importancia a cómo todo el entorno familiar nos está afectando a los demás. Gracias por recordar que no se trata de buscar culpables, sino de reestructurar el sistema con empatía.
Qué impacto la frase de que «las familias suelen interpretar el silencio como bienestar». A veces creemos que si un hijo adolescente no dice nada es porque todo está bien, cuando en realidad solo está evitando ser ‘una carga más’. Gracias por visibilizar este tema tan urgente y romper con el tabú.
Excelente artículo, Dra. Marina. La historia de la mamá sobrecargada que olvida sus propios roles resonó completamente con la situación de mi esposa y mía. Como no vivimos cerca de su consultorio, ¿me podría confirmar si actualmente atiende o da consultas en línea? Nos gustaría agendar una valoración. ¡Saludos!