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Mi hijo guarda silencio y no sé cómo ayudarlo | Psicóloga Montzerrat Soberanes

Psicologa Montzerrat Soberanes el silencio de los hijos

El mensaje llegó a nuestro buzón en el revistazo con esa urgencia muda de los padres que ya intentaron todo. “Mi hijo de 14 años pasa horas encerrado, solo dice ‘estoy bien’ cuando le pregunto. Ayer encontré lágrimas en su almohada. ¿Cómo llego a él sin que se cierre más?”, firmaba Ana, mamá de un adolescente en Guadalajara. Como ella, el 68% de padres mexicanos reportan dificultades para comunicarse con sus hijos, según la última encuesta del INEGI. El silencio de un adolescente no tiene una sola explicación. Puede relacionarse con dificultad para expresarse lo que siente, miedo a ser juzgado o regañado, necesidad de privacidad, falta de confianza o incluso con la expectativa de no sentirse comprendido. En ocasiones también puede existir malestar emocional que todavía no sabe cómo comunicar.

Niños y adolescentes pueden atravesar situaciones que dificulten expresar lo que sienten: ansiedad, conflictos familiares, dificultades escolares, problemas con sus pares o experiencias relacionadas con el entorno digital. Sin embargo, no siempre encuentran las palabras para comunicar lo que les ocurre.

Además, sus formas de comunicación también han cambiado; para los adultos, este lenguaje puede resultar difícil de comprender; para ellos, en cambio, puede representar una forma cotidiana de compartir lo que piensan, sienten o viven.

En consulta, no es extraño que un adolescente utilice un meme, una canción, un sticker o alguna expresión propia de redes sociales para explicar una experiencia. Cuando el adulto no comprende ese lenguaje, sería oportuno preguntar: “¿qué significa para ti?” o “¿qué quieres decir con eso?”, en lugar de ridiculizarlo o descartarlo. Este tipo de acercamiento puede favorecer la comunicación y mostrar interés por comprender su forma de expresarse.

Este reportaje nace de 127 cartas similares en nuestro buzón. Familias que chocan contra un muro de monosílabos. Abordamos el tema con psicólogos porque detrás de un “no sé”, un “nada” o un “estoy bien” puede haber muchas explicaciones, y comprenderlas requiere algo más que insistir en obtener una respuesta.

Por qué se tragan las palabras

La psicóloga infantojuvenil Lucía Torres explica que el silencio rara vez es vacío: “En consulta vemos que el 60% de los niños callan por miedo a defraudar a sus padres. Creen que sus problemas ‘no son importantes’ comparados con los adultos”. El silencio puede tener distintas razones.

Algunos niños y adolescentes evitan hablar sobre lo que les ocurre por miedo a decepcionar, ser juzgados, recibir un regaño o sentir que aquello que les preocupa será minimizado. En otras ocasiones pueden experimentar vergüenza, temor a las consecuencias o simplemente no saber todavía cómo expresar lo que están viviendo.

Esto puede ocurrir también ante situaciones de acoso escolar. Un niño o adolescente puede tardar en comunicar lo que sucede por vergüenza, miedo a represalias, temor a preocupar a sus padres o por pensar que los adultos no podrán ayudarlo. Por ello, generar confianza y mantener una actitud de escucha puede facilitar que se acerque cuando esté preparado para hablar.

En consulta, una frase que puede aparecer es: “¿Para qué le digo si ya sé cómo va a reaccionar?”. Esta anticipación de la respuesta del adulto puede convertirse en una barrera para la comunicación.

La tecnología también ha transformado las formas de comunicación dentro de las familias. Las pantallas pueden competir por nuestra atención en determinados momentos, pero también forman parte de los espacios en los que muchos adolescentes se relacionan, se expresan y comparten sus intereses. Por ello, más que considerar la tecnología únicamente como una barrera, es importante observar qué lugar ocupa en la dinámica familiar.

Cuando un adolescente percibe que cada intento de conversación comienza con una serie de preguntas (“¿qué te pasa?”, “¿por qué estás así?”, “¿qué hiciste?”, “¿con quién estabas?”), puede experimentar el acercamiento como un interrogatorio y responder cerrándose aún más. A veces, acompañar, mostrar disponibilidad y escuchar sin exigir una respuesta inmediata puede abrir más posibilidades de comunicación que insistir en obtener una explicación.

La disponibilidad para conversar no depende únicamente de cuánto tiempo pasamos juntos, sino de cómo respondemos cuando el niño o adolescente intenta acercarse.

Las expectativas sociales y familiares también influyen en la manera en que niños y adolescentes expresan sus emociones. Frases como “los hombres no lloran”, “no seas tan dramática”, “no es para tanto” o “tienes que ser fuerte” pueden transmitirles, de distintas maneras, la idea de que ciertas emociones deben ocultarse, minimizarse o controlarse para cumplir con lo que se espera de ellos.

Estos mensajes pueden variar según el contexto familiar, social y cultural, pero tienen algo en común: pueden dificultar que niños y adolescentes reconozcan y expresen libremente lo que sienten.

Cuando insistir en hablar puede dificultar la comunicación

Ante el silencio de un niño o adolescente, es comprensible que como adultos queramos saber inmediatamente qué está ocurriendo. Sin embargo, insistir con un “dime qué te pasa” o exigir que hable en ese momento puede generar mayor resistencia, especialmente si todavía no se siente preparado para expresarse.

También es importante recordar que escuchar no siempre requiere una conversación frente a frente ni mantener contacto visual constante. Algunos niños y adolescentes pueden sentirse más cómodos hablando mientras realizan otra actividad, durante un trayecto en automóvil, caminando, dibujando o simplemente estando junto a alguien. Ofrecer distintas oportunidades para conversar, sin convertirlas en una exigencia, puede facilitar que la comunicación aparezca de manera más natural.

Dar espacio no significa desentenderse. Podemos hacerle saber: “No tienes que hablar de esto ahora, pero cuando quieras hacerlo, estoy aquí para escucharte”.

Otra práctica que puede afectar la comunicación es invadir la privacidad del niño o adolescente como una forma habitual de obtener información. Revisar conversaciones, redes sociales o pertenencias a escondidas puede deteriorar la confianza y hacer que, en lugar de acercarse, busque nuevas formas de ocultar lo que le sucede.

Esto no significa renunciar a la supervisión parental. Los límites y el acompañamiento siguen siendo necesarios y deben adecuarse a la edad, madurez y circunstancias de cada hijo. Además, cuando existen señales que hacen pensar que su seguridad o bienestar podrían estar en riesgo, la necesidad de protección puede estar por encima de la privacidad.

También conviene evitar expresiones como “si confiaras en mí, me lo contarías” o “si me quisieras, me dirías qué te pasa”. Este tipo de mensajes puede generar culpa y convertir la conversación en una prueba de amor o confianza, en lugar de favorecer un espacio seguro para expresarse.

No todos los niños y adolescentes expresan directamente lo que sienten. Algunos pueden hacerlo a través de una canción, un meme, un dibujo, un mensaje o incluso mediante cambios en su comportamiento. Estas expresiones no necesariamente tienen un significado oculto, pero pueden convertirse en oportunidades para acercarnos con curiosidad y sin asumir de antemano lo que significan.

En lugar de interpretar por ellos, podemos preguntar: “Vi que compartiste esta canción, ¿te gusta por algo en especial?” o “Me llamó la atención este dibujo, ¿quieres contarme algo sobre él?”. Si no desea hablar en ese momento, podemos respetarlo y mantener abierta la posibilidad de hacerlo después.

Invitamos a la Psicóloga Clínica Montzerrat Soberanes, una referente con autoridad profesional a nivel nacional con vasta experiencia en atención a población infantil y adolescente, a compartir su perspectiva desde la práctica clínica: ¿cómo podemos generar espacios de confianza en los que niños y adolescentes puedan expresar lo que sienten sin sentirse presionados, juzgados o minimizados?

Casos Reales y Perspectiva Única de la Psicóloga Montzerrat Soberanes

Algo que he observado en consulta es que la comunicación con niños y adolescentes difícilmente se favorece cuando la convertimos en un interrogatorio. Como padres, es comprensible que queramos saber qué está pasando y que, ante una situación que nos preocupa, nuestra primera reacción sea preguntar: “¿qué tienes?”, “¿qué pasó?”, “¿por qué no me quieres decir?” o incluso exigir una respuesta desde nuestro lugar como adultos. Es posible que de esta manera consigamos que nuestro hijo nos diga algo en ese momento, pero eso no necesariamente significa que estemos favoreciendo la comunicación. Por el contrario, si estas conversaciones se viven constantemente desde la presión, el enojo o el miedo a las consecuencias, el niño o adolescente puede comenzar a buscar otras formas de evitar esos momentos, reservarse información o simplemente decidir que hay cosas que prefiere no compartir.

Por eso, algo que suelo trabajar con los padres es la importancia de acercarnos también al mundo cotidiano de nuestros hijos. No todas las conversaciones importantes tienen que comenzar con un “tenemos que hablar”. A veces, dedicar unos minutos a conocer quién es su mejor amigo, qué pasó entre sus compañeros, qué videojuego le gusta, qué está viendo en YouTube, qué canción escucha constantemente o incluso preguntar qué significa esa palabra que lleva días repitiendo puede parecer algo muy pequeño, pero puede hacer una gran diferencia. Se trata de mostrar interés genuino por aquello que para ellos es importante, aunque desde nuestra mirada adulta pueda parecernos poco relevante.

También importa mucho qué hacemos con aquello que nos cuentan. Si cada vez que nuestro hijo nos habla de un amigo nuestra respuesta inmediata es “no quiero que te juntes con él”, “pero tú no vayas a hacer eso”, “ya te había dicho” o comenzamos a señalar todo lo que consideramos incorrecto, es posible que poco a poco deje de compartir esas historias. Esto no significa que como padres tengamos que estar de acuerdo con todo, dejar de orientar o evitar poner límites. Significa que no todas las conversaciones necesitan convertirse inmediatamente en una corrección. A veces podemos escuchar primero, preguntar, tratar de comprender y posteriormente decidir si hay algo sobre lo que sea necesario orientar.

Otra cuestión que considero importante recordar es que nuestros hijos no necesariamente nos van a contar todo, y eso no siempre significa falta de confianza. Particularmente durante la adolescencia existe una búsqueda de autonomía, identidad y privacidad. También están descubriendo quiénes son fuera de la mirada de mamá y papá. Tener conversaciones, pensamientos o experiencias que decidan reservarse puede formar parte de ese proceso. Quizá valdría la pena que como adultos recordáramos nuestra propia adolescencia: ¿realmente les contábamos absolutamente todo a nuestros padres? Probablemente no, y eso no significaba necesariamente que no los quisiéramos o que no confiáramos en ellos.

Por supuesto, respetar la privacidad no significa desentendernos. Existen situaciones, cambios importantes de comportamiento o señales relacionadas con la seguridad y el bienestar de nuestros hijos que requieren que los adultos prestemos mayor atención e intervengamos. Sin embargo, fuera de esas circunstancias, quizá la meta no tendría que ser conocer absolutamente todo lo que sucede en su vida, sino construir una relación en la que sepan que, cuando necesiten ayuda, quieran compartir algo o simplemente necesiten ser escuchados, pueden acercarse a nosotros.

En consulta también sucede que un niño o adolescente se cierra y decide que ya no quiere continuar hablando de determinado tema. En esos momentos, insistir no siempre es la mejor manera de obtener información. Existen diferentes recursos para acercarnos y generar comunicación sin convertirla necesariamente en una entrevista directa. En ocasiones el juego, una actividad compartida, hablar de sus intereses o simplemente conversar sobre algo que aparentemente no tiene relación con el problema permite construir el espacio necesario para que posteriormente aparezcan otros temas. Algo similar puede ocurrir en casa: la comunicación también se construye en esos pequeños momentos cotidianos y no únicamente cuando existe un problema que necesitamos resolver.

Finalmente, una recomendación que suelo hacer a los padres es intentar cuidar nuestra primera reacción cuando nuestros hijos deciden contarnos algo difícil. Esto no siempre es sencillo. Podemos sentir enojo, miedo, preocupación o incluso pensar inmediatamente en las consecuencias de lo que acaba de suceder. Sin embargo, si cada vez que nuestro hijo se acerca a contarnos algo recibe primero un regaño, un juicio o una reacción intensa, puede comenzar a anticipar esa respuesta y pensar: “ya sé cómo va a reaccionar, ¿para qué le digo?”. Esto tampoco significa que debamos ignorar conductas inadecuadas o que no podamos molestarnos. Podemos escuchar primero y posteriormente orientar, establecer límites o tomar las decisiones que correspondan. La diferencia está en que nuestro hijo pueda experimentar que contarnos algo difícil no significa automáticamente enfrentarse a nuestra reacción antes de sentirse escuchado.

A veces puede ayudarnos hacer un ejercicio muy sencillo: recordar cómo nos sentíamos nosotros cuando éramos adolescentes y sabíamos que nuestros padres estaban enojados. Incluso ahora, como adultos, podemos reconocer que hay conversaciones que preferimos posponer cuando nuestra pareja, un familiar o alguien importante para nosotros está muy molesto, porque anticipamos que quizá no sea el mejor momento para hablar. Si nosotros mismos podemos reaccionar de esa manera, también podemos intentar comprender por qué un niño o adolescente puede decidir guardar silencio cuando anticipa enojo, juicio o regaño.

Al final, creo que el objetivo no es conseguir que nuestros hijos nos cuenten absolutamente todo, sino construir un vínculo en el que sepan que pueden acercarse a nosotros cuando lo necesiten, y que cuando lo hagan encontrarán primero un espacio para ser escuchados.

Perfil Profesional y Contacto

4 comentarios en “Mi hijo guarda silencio y no sé cómo ayudarlo | Psicóloga Montzerrat Soberanes”

  1. Justo esto me pasó con mi hijo el año pasado en la secundaria. Empecé a platicar con él en los trayectos en coche en lugar de sentarlo a la mesa a interrogarlo y el cambio fue enorme. Gracias por confirmar que no iba tan mal. ❤️

  2. Muy buen artículo, aunque me quedó una duda en la parte sobre la privacidad. ¿Hasta qué punto se respeta el espacio del adolescente sin descuidar la supervisión parental? Siento que la línea entre dar espacio y caer en la permisividad a veces es muy delgada.

  3. ¡Qué joya de reportaje! De verdad mil gracias por tocar estos temas. A veces a los papás nos entra el pánico con el silencio de nuestros hijos y cometemos el error de interrogarlos. Me encantó la explicación y la perspectiva de la psicóloga Montzerrat ✨

  4. claudia_rojas85

    Hola buenas tardes, disculpen ¿alguien sabe qué costo tienen las consultas con la Lic. Montzerrat Soberanes? Me urge agendar una cita para mi hija de 15 años. ¡Gracias!

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