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Maniqueísmo e idiotez (2) – Jot Down Cultural Magazine
Maniqueísmo e idiotez

 

Maniqueísmo e idiotez
Dr. Jekyll y Mr. Hyde1931. Imagen: Paramount Pictures.

Viene de «Maniqueísmo e idiotez (1)»

Como decía Bertrand Russelllas cosas no son ni buenas ni malas: las cosas son así. Al igual que el placer y el dolor, sus conectores con lo biológico, el bien y el mal no existen sino como experiencias subjetivas, objetivables solo en la medida en que son compartidas, puesto que atañen sustancialmente a las relaciones sociales. Pese a ello (o precisamente por ello) el mito de un Bien y un Mal absolutos, a menudo identificados con entidades poderosas y conscientes (dioses, ángeles, demonios, genios…), es común a casi todas las culturas y está en la base de todas las religiones, en función de una necesidad —tanto individual como colectiva— de regular la conducta mediante referentes claros e incuestionables.

El maniqueísmo, por tanto, es la expresión vulgar —e idiota, en el sentido más etimológico del término— de un mito profundamente arraigado en nuestra sociedad, que dista mucho de haber sido superado a pesar del aparente retroceso del pensamiento mágico-religioso frente al racionalismo; y, como tal, no podía estar ausente de una cultura de masas en buena medida idiotizante.

El maniqueísmo más esquemático preside la cultura de masas tanto en sus manifestaciones «realistas» (luego explicaré las comillas) como en una amplia gama de subproductos más o menos fantásticos emparentados con las mitologías y los cuentos maravillosos tradicionales. Las historias (novelas, películas, cómics, series de televisión…) supuestamente realistas suelen ofrecer una versión muy simplificada, y por ende engañosa, de la realidad (de ahí las comillas), en la que los buenos son intachables (además de bellos, fuertes y valerosos) y los malos son malísimos (y a menudo horrendos). Y las historias fantásticas acostumbran a compensar su menor pretensión de verosimilitud con un mal disimulado retorno al mito del Bien y el Mal con mayúsculas, encarnados, respectivamente, en los consabidos superhéroes y supervillanos.

Basta un breve repaso a algunas de las sagas más populares de los últimos tiempos, tanto librescas como cinematográficas y televisivas, para darse cuenta de hasta qué punto el maniqueísmo más extremo contamina la cultura de masas. El Señor de los Anillos, harry potter y Guerra de las Galaxias —el pasado, el presente y el futuro imaginarios más frecuentados— comparten, entre otros tópicos, la idea de un ser tan maligno como poderoso que pretende adueñarse del mundo e instaurar un reinado del terror. En ninguna de estas sagas desempeña la religión propiamente dicha un papel significativo; sin embargo, la visión medievalizante de la vida como pugna entre Dios y el diablo está en la base de las tres. Y también comparten estos tres grandes metarrelatos contemporáneos (a los que cabría añadir algunos más, como los ciclos narrativos de Marvel y DC) la idea —esencialmente religiosa— de que la lucha entre el Bien y el Mal no solo se libra en el campo de batalla, sino también en el interior del individuo, y muy concretamente del héroe (la fascinación del anillo de poder, el empleo abusivo de la magia, el lado oscuro de la Fuerza). Y no hay batalla del Bien y el Mal más encarnizada que la que se libra en el interior de los hombres.

Maniqueísmo y lucidez

No es casual que Robert L Stevenson uno de los narradores más brillantes de todos los tiempos, el gran maestro de la novela de peripecias, se interesara de manera muy especial por esa violenta cohabitación de los contrarios, por esa batalla silenciosa cuya palestra es un corazón atribulado. Y del mismo modo que problematizó las historias de héroes y villanos (hay un antes y un después de John Silver1 en la narrativa piratesca), dio un mayor espesor psicológico al conflicto interior. A primera vista, podría parecer que en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde se lleva al extremo la dicotomía entre el bien y el mal, al desdoblarse una misma persona en un ciudadano respetable y un libertino sin escrúpulos; pero, en realidad, al señalar (mucho antes que freuddicho sea de paso) que la civilización es represión y que la represión engendra monstruos en nuestro interior, impugnaba la consabida división en «buenos» y «malos» e invitaba explorar nuevos territorios éticos y narrativos.

El propio Stevenson los exploró varias veces, pues, como dijo Borges«siempre le preocupó el otro yoque los espejos del cristal y del agua han sugerido a las generaciones». Un espejo deformante en el caso de Jekyll y Hyde, frío e implacable en Markheimmagistral relato alegórico —que parece fruto de una inverosímil colaboración entre Dickens y Poe— en el que un demonio paradójico oficia de ángel de la guarda. El definitivo espejo de la muerte en la balada Ticonderoga.

Maniqueísmo y equidistancia

En el extremo opuesto de la actitud crítica de un Stevenson, la supuesta superación del maniqueísmo de cierto relativismo moral —típicamente posmoderno— para el que el bien y el mal son meros convencionalismos, ha contribuido a sumir a nuestra sociedad en un preocupante estado de perplejidad o indigencia ética2.

Aunque no haya buenos ni malos en un sentido absoluto, sí que hay agresores y agredidos, explotadores y explotados, verdugos y víctimas, y en esos casos la equidistancia se convierte en una aberración moral mucho más grave que el maniqueísmo que pretende impugnar3 .

El antifeminismo explícito de los sectores más reaccionarios de la sociedad (y el antifeminismo implícito de la sociedad en su conjunto) es una muestra clara —y especialmente preocupante— de una falsa impugnación del maniqueísmo que desemboca en la grosería del término medio y el solapado atropello de la equidistancia. Grosería y equidistancia de la que a veces no se libran ni siquiera los que intentan denunciar los abusos del poder, como quienes gritaban en las manifestaciones antibélicas «Ni OTAN ni milosevic», « Ni Arbusto en Puerto» o, más recientemente, «Ni putin y la OTAN». Pero ese es otro artículo.


1. Siempre ha habido piratas literarios caballerosos e incluso heroicos, como El Corsario Negro de Salgari o El capitán Blood de Rafael Sabatini. La singularidad de Silver estriba en que, sin dejar de ser el consabido villano de las novelas de aventuras, posee un espesor psicológico y una cierta ambigüedad moral que lo sitúan más allá del mero estereotipo. Salvando las distancias, Jack Sparrow podría considerarse su versión irónica actual.

2. Como negación de la falsa negación del maniqueísmo, en un montaje de su Discurso sobre los antecedentes y desarrollo de la interminable guerra de Vietnam, Pedro Weiss situó a un lado del escenario a los vietnamitas vestidos de blanco inmaculado y al otro lado a los soldados estadounidenses vestidos de negro, para subrayar el hecho de que los primeros eran los buenos y los segundos los malos

3. En este sentido, es especialmente significativo el metarrelato literario sobre la impropiamente denominada guerra civil española que, con el pretexto de una supuesta «reconciliación», se ha promocionado en las últimas décadas, y no solo desde la derecha, como ha denunciado David Becerra en su esclarecedor libro La guerra civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015).

Comentarios de otros artículos

  1. Yo tengo un problema, mis hijos no se quieren venir conmigo pero son chiquitos y mi marido los compra con…

  2. Doctor usted me puede curar una hemorroide externa???? No puedo con el dolor, vivo en canal nacional.

  3. Ya lo sigo en Tiktok. Esta usted muy guapo Licenciado. Gracias por compartirnos su talento. 🥰

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