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El impacto de la pérdida y la muerte en la infancia
Artículo escrito por la Mtra. Ana Patricia González Rodríguez, especialista en dolor profundo infantil para el revistazo
La pérdida y la muerte son dimensiones que atraviesan la existencia humana de manera inevitable, pero cuando estas tocan la puerta de la infancia, el impacto adquiere una profundidad que requiere una mirada clínica y, sobre todo, profundamente humana. En mi trayectoria en la psicoterapia psicoanalítica y la investigación psicológica, he confirmado que los niños no procesan el dolor bajo las mismas lógicas que los adultos; su lenguaje es distinto y sus mecanismos de defensa, aunque complejos, suelen ser silenciosos.
Para aproximarnos a este fenómeno, es útil recordar que el Diccionario de la Real Academia Española define el «duelo» desde tres vertientes: el sentimiento de aflicción, las demostraciones externas de ese dolor y el rito social del acompañamiento. En el niño, estas tres dimensiones se entrelazan de formas que a veces nos resultan imperceptibles o confusas.

Cómo interpretan los niños el final de la vida según su desarrollo
La comprensión de la finitud no es innata; evoluciona conforme el niño madura psíquicamente. Es un error común creer que por ser pequeños «no se dan cuenta». En realidad, su percepción se transforma:
- Hasta los dos años: No existe una noción consciente de muerte. El infante la vive como una ausencia física o una separación temporal que altera su seguridad y genera una ansiedad primaria por la ruptura del vínculo.
- De los tres a los cinco años: Aparece el pensamiento mágico. El niño puede creer que la muerte es reversible; piensa que si llama a la persona o si «se porta bien», esta despertará. Es una etapa donde la fantasía aún protege al yo del impacto de la irreversibilidad.
- De los seis a los ocho años: La visión se torna más realista. Comienzan a entender que la muerte es una parte natural del ciclo vital, aunque surge la angustia al descubrir que ellos mismos o sus figuras de apego también pueden morir.

Manifestaciones del dolor según la edad
Como adultos, debemos aprender a «leer» el duelo infantil, que rara vez se presenta como tristeza lineal.
En la niñez temprana (2 a 5 años):
Es común observar una profunda perplejidad. El niño busca físicamente al fallecido y puede presentar regresiones: volver a mojarse la cama, chuparse el dedo o manifestar un miedo intenso a que el progenitor superviviente también lo abandone. Aparece la ambivalencia, donde el pequeño pasa de preguntar por el ser querido a jugar alegremente en cuestión de minutos.
En la etapa escolar (6 a 9 años):
Aquí los mecanismos son más sofisticados. Algunos niños optan por la negación o la indiferencia aparente como escudo. Otros tienden a la idealización, construyendo una relación imaginaria perfecta con quien se ha ido. Es vital vigilar la aparición de sentimientos de culpa o la asunción de roles adultos, donde el niño intenta cuidar de sus hermanos o de sus propios padres, cargando un peso que no le corresponde.
El proceso del duelo y el riesgo de la patología
El duelo infantil transita por etapas que debemos validar: Negación, Ira, Negociación, Depresión y, finalmente, la Aceptación. Sin embargo, si este proceso se bloquea, entramos en el terreno del duelo patológico.
En mi labor de investigación, he identificado señales de alerta que no debemos ignorar: desde síntomas fisiológicos (dolores de estómago o cabeza recurrentes) hasta una disminución drástica en el rendimiento escolar y aislamiento social. El impacto en la vida diaria es total: la energía que el niño debería usar para aprender y jugar, la está consumiendo en el intento de procesar una pérdida abrumadora.

6 pilares para acompañar desde la honestidad
Acompañar no es quitar el dolor, sino caminar junto al niño a través de él. Aquí comparto los pilares que considero esenciales en la crianza:
- Claridad absoluta: Evitemos eufemismos como «se fue de viaje». Explicar que el cuerpo ha dejado de funcionar y ya no siente dolor es fundamental para evitar miedos innecesarios.
- Validación emocional: Dígale que es saludable llorar. Frases como «Yo también estoy triste y estar contigo me ayuda» crean puentes de sanación.
- Desmontar la culpa: Muchos niños creen, en secreto, que la muerte ocurrió por algo que ellos pensaron o hicieron. Debemos asegurarles que no fue su culpa.
- Mantener la estructura: Las rutinas son el ancla del niño. La previsibilidad de los horarios le devuelve la sensación de seguridad en un mundo que se siente caótico.
- Aceptar ayuda comunitaria: El apoyo de amigos y la escuela permite que los cuidadores también tengan su propio espacio de duelo, mostrándole al niño que no están solos.
- Rituales de memoria: Crear un álbum de fotos o sembrar una planta ayuda a dar un lugar simbólico al ser querido, transformando el dolor en recuerdo amoroso.
Te recomendamos desde el revistazo: Investigaciones que hemos consultado indican que la biblioterapia es una herramienta poderosa. Recomendamos títulos como «El árbol de los recuerdos» de A. M. W. o «Cuando un ser querido muere» de Marianna Coppo para facilitar estas conversaciones.
La pérdida en la infancia no tiene por qué ser un trauma insuperable si se cuenta con el acompañamiento correcto. Mi compromiso es brindar herramientas para que ese dolor encuentre un lugar seguro. ¿Has tenido que explicar una pérdida a un pequeño recientemente?
Me encantaría leer tus dudas en los comentarios; estaré atenta para interactuar y apoyarlos en este proceso tan humano. Te invito a explorar más contenidos sobre bienestar y psicología en el revistazo.












