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EXIGIRNOS SIN CUIDARNOS

Dirce Rubí Hurtado

EL DESGASTE SILENCIOSO QUE AFECTA NUESTRO DESARROLLO EMOCIONAL

EXIGIRNOS SIN CUIDARNOS

Desde muy temprano aprendemos que esforzarnos es valioso, que cumplir es necesario y que exigirnos es parte de crecer. En muchos contextos familiares, escolares y sociales, la exigencia se presenta como sinónimo de responsabilidad, fortaleza o madurez. Poco a poco, esta idea se integra a nuestra forma de vivir, al punto de que exigirse y cumplir en tiempo y forma deja de ser una elección y se convierte en una manera automática de relacionarnos con nosotros mismos.

El problema no es el esfuerzo ni la disciplina en sí, sino cuando la exigencia se vuelve constante, rígida y sin espacios de cuidado. Cuando solo sabemos avanzar empujándonos, sin escucharnos, el desarrollo emocional comienza a construirse desde el desgaste y no desde el equilibrio.

Hacer una pausa, incluso breve, suele generar culpa. Detenernos cinco minutos, sentarnos sin “producir” o simplemente tomar un respiro puede vivirse como flojera, debilidad o pérdida de tiempo. Esta culpa no aparece por casualidad: es el resultado de una exigencia internalizada que nos dice que siempre deberíamos estar haciendo más.

Sin embargo, desde un punto de vista emocional y físico, la pausa no es un lujo, sino una necesidad básica. El cuerpo y la mente requieren momentos de descanso para regularse, procesar y recuperarse. Cuando no nos permitimos pausar, el cansancio se acumula y el desgaste se vuelve silencioso, pero constante.

Con el paso del tiempo, esta exigencia sostenida va formando una voz interna dura, crítica y poco compasiva. Es la voz que minimiza los logros, que insiste en que “no es suficiente” o que siempre hay algo más “importante” que hacer antes de poder descansar o sentirse en paz. Esta voz suele ignorar todo lo que hemos sostenido emocionalmente a lo largo de la vida: responsabilidades, decisiones, cuidados y esfuerzos que no siempre son visibles, generando una sensación persistente de insatisfacción personal.

El desarrollo emocional no se limita a crecer, avanzar o lograr metas. También implica aprender a cuidarse, a reconocerse y a respetar las propias necesidades emocionales y físicas. Crecer sin cuidado puede llevar a resultados visibles, pero a un alto costo interno. Emoción y cuerpo funcionan como un sistema integrado; cuando ignoramos señales de cansancio, tensión o malestar, el cuerpo termina expresando lo que la mente no ha podido escuchar.

En muchas etapas de la vida se instala la idea de que, al alcanzar ciertos logros o estabilidad material, la satisfacción llegará por sí sola. Sin embargo, cuando la exigencia interna no se revisa, los logros pueden convertirse en nuevas fuentes de presión.

Tener más no siempre se traduce en estar mejor. En ocasiones, la búsqueda constante de resultados incrementa la insatisfacción y refuerza la autoexigencia, dejando poco espacio para disfrutar lo alcanzado y reconocer el propio valor.

El autocuidado no es un premio ni algo que se concede solo después de cumplir con todo. Tampoco es un acto egoísta. Es una responsabilidad personal que implica reconocer nuestras necesidades emocionales y físicas y atenderlas de manera consciente. Nadie más puede hacerlo por nosotros. Asumir esta responsabilidad es revisar cómo nos exigimos, qué tanto nos escuchamos y si estamos dispuestos a incluirnos en la lista de prioridades de nuestra propia vida.

Cuidarse no significa únicamente detener el cuerpo. Muchas personas hacen una pausa física mientras la mente sigue atrapada en pendientes, preocupaciones o exigencias futuras. El cuidado real implica estar presentes y permitirnos disfrutar la pausa sin castigarnos mentalmente. Tomar un café contigo, salir a caminar, convivir con otras personas, o simplemente guardar silencio pueden convertirse en espacios de conexión y apapachos cuando se viven sin culpa y con atención plena.

La coherencia personal se construye cuando la forma en que nos exigimos es compatible con lo que necesitamos emocional y físicamente. La manera en que nos hablamos, el tono de nuestra voz interna y cómo nos tratamos influyen directamente en nuestro bienestar. Una exigencia consciente acompaña, orienta y cuida. El autocuidado permite avanzar con mayor ecuanimidad, poco a poco, sin caer en una autoexigencia que termina forzando más de lo que sostiene.

¿La forma en que hoy nos exigimos nos está ayudando a crecer… o nos está desgastando silenciosamente?

Autora: Dirce Rubí Hurtado, Maestra en Psicología Clínica y de la Salud para el revistazo.

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